¡Asesinan a Julio Cesar!

Le han pinchado por todos los lados

15 de marzo del 44 a.C

Una noche complicada. Julio César se despierta a causa de la pesadilla que tiene su mujer, Calpurnia Pisonis. En el inquietante sueño, ve como su marido muere. Le advierte de su premonición, pero el dictador perpetuo no cree en esas cosas. Falta poco para amanecer, y ninguno de los dos consigue conciliar el sueño.

Hoy son los idus de marzo, y hay asuntos importantes que tratar en el Senado. Dentro de poco marchará de Roma a tierras lejanas, y su deber es asistir. Aun así, hoy es un día extraño, no se encuentra muy bien, quizás la cena de ayer tiene algo que ver, por este motivo decide no acudir a escuchar a los senadores. Él es el que manda, y se lo puede permitir. Avisa a todos de que nadie le espere.

Sin embargo, alguien llega para convencer al César: es Décimo Junio, compañero de armas y hombre de confianza. Sus palabras son poderosamente convincentes, como para hacerle cambiar de opinión, aunque desconoce la conspiración que se acerca silenciosa hasta él, decide acudir a la cita.

Se viste con su toga, y avanza por las calles directo a su final. Es aclamado por el pueblo, algo rutinario para él.

En la sala principal de la Curia le esperan los senadores, muchos de ellos ansían tratar temas con el César. Lucio Tilio Címber le pide traer de vuelta a su hermano del exilio, se niega, es un traidor. Alguien le agarra de la toga: «Qué violencia es esta», exclama Julio Cesar.

En ese mismo instante, rodeado de conocidos, siente un escalofrío que recorre su cuerpo, es el sentimiento de traición, que le acompaña una lluvia incesante de cuchilladas, cada una con un motivo, y cada una con un autor, atraviesan su cuerpo.

Sin poder hacer nada ante las 23 puñaladas recibidas, consigue ver una cara familiar: Bruto, su más que posible hijo, igual de culpable que el resto. Todos huyen, su misión está cumplida.

Sumergido en la agonía, se cubre el rostro con su túnica en un último intento por dignificar su apariencia.

Y allí, solo, ante la atenta mirada de la estatua de Pompeyo, que parece dibujar una sonrisa en su cara, se apaga su vida.

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